Lo que se interpone en el camino se convierte en el camino

Lo que se interpone en el camino se convierte en el camino.

Marco Aurelio

Creo que no hay mejor forma para describir cómo fue que empecé a dar clases.

Tras haber dado un giro radical en mi vida entre finales de 2002 y principios de 2003, me di cuenta de algo evidente: necesitaba aprender computación. Digo, si acababa de comenzar la Licenciatura en Informática, parecía una deducción bastante lógica.

Sin embargo, el verdadero detonante fue mi primera clase en la universidad. Uno pensaría que iniciaríamos con algún tema o software avanzado, pero no: la materia era PowerPoint. Lo más increíble no era la sencillez del temario, sino darme cuenta de que yo no sabía crear ni una sola diapositiva.

Apenado pero decidido, le dije a mi papá que necesitaba un curso de computación. Él, como siempre lo hizo, me respaldó al instante: «Busca el curso y me dices cuánto es, para que aprendas».

Pasó poco tiempo. Antes de que pudiera terminar de investigar las escuelas en Tampico, mi papá me sorprendió: «Oye, fíjate que la hermana de un amigo del trabajo está en el Centro de Excelencia de la UAT; ahí dan clases de computación. Ve a buscarla y le das tu nombre. Ya te está esperando».

Al llegar y ponerme en contacto con la Licenciada Claudia -la hermana del amigo de mi papá-, me planteó dos caminos:

  1. Pagar mi curso, asistir como alumno regular y aprender lo que necesitaba.
  2. Hacer mi trámite para adelantar mi servicio social en esa misma área. Esto implicaba capacitarme en diferentes programas para, posteriormente, dar clases. Así liberaría el servicio, aprendería computación -mi objetivo original- y, además, no me costaría un solo peso.

Obviamente elegí la segunda opción. A 23 años de distancia de esa decisión, no tengo dudas de que ha sido una de las mejores de mi vida.

El encuentro con el diseño

Recuerdo muy bien mi primer día de servicio social. Uno de mis jefes, José Luis (quien hoy es un gran amigo), estaba sentado preparando su clase en un programa llamado Flash, el antecesor a Adobe Animate. Debido a mi gusto de toda la vida por el diseño, me acerqué a ver cómo animaba objetos.

En eso, se giró hacia mí para tantear el terreno de su nuevo asistente:

-Donald, ¿qué sabes de computación?

-José Luis… no sé ni prenderla- le respondí con total honestidad.

Se me quedó viendo y me dijo: no te preocupes, todo mundo entra sabiendo lo mismo. Pero al notar mi curiosidad por lo que hacía en la pantalla, sonrió y me preguntó:

-¿Quieres aprender?

-¡Claro!

A partir de ese momento, cada tarde al llegar a mi servicio, él me enseñaba Flash mientras construía los ejercicios que aplicaría con sus alumnos.

Un día, mientras estábamos en plena lección, nos vio la Lic. Claudia -quien también era mi jefa y hoy es otra gran amiga-.

-¿Estás estudiando Flash con José Luis?- me preguntó.

-Si, Licenciada.

-Ah, qué bueno. Entonces el primer curso que vas a dar el próximo periodo será de diseño, para que te vayas preparando.

Me quedé helado. Mi plan era comenzar desde cero con computación básica, como cualquier persona común y corriente, no dar clases de diseño saltándome todos los pasos. Asustado, le dije:

-Oiga, Lic… pero si yo no se ni computación básica, ¡si le acabo de decir a José Luis que no sé ni prender la computadora! ¿Cómo voy a dar diseño?

-No te preocupes -me contestó sonriendo-. Solo es un curso de Corel y Flash. Mañana yo empiezo a dar clases de Corel por la mañana, así que te vienes temprano para que entres a mi aula y aprendas.

Dejé de quejarme. A partir de ese día, asistía por las mañanas como alumno a la clase de Corel con Claudia y por las tardes José Luis me enseñaba Flash.

Hoy veo ese momento como una manifestación divina en mi vida: yo quería estudiar diseño y no había podido, pero la vida me puso de frente, incluso antes de aprender lo básico, con las herramientas que le daban vida a la creatividad. ¿Qué más se sumó a la ecuación? El compromiso absoluto de no fallarle a mi papá. Gracias a él estaba ahí, aprendiendo gratis. No podía quedar mal.

Mi primer día como instructor

Y llegó el día. Para liberar el servicio social tenía que ponerme al frente del grupo. Jamás en mi vida había dado una clase y tenía a diez alumnos frente a mí, listos para aprender CorelDraw y Macromedia Flash.

La presión era doble: la inexperiencia absoluta y el peso de no decepcionar a mi padre. ¿Qué jugaba a mi favor? Que el diseño realmente me apasionaba, que disfrutaba usar los programas y que al llegar a mi casa repasaba las lecciones una y otra vez, movido más por el gusto de aprender que por la obligación de enseñar.

Tomé aire profundo y me lancé. Empecé a enseñar imitando el estilo de Claudia, explicando los ejercicios que tanto había practicado hasta memorizarlos. Fue ahí donde descubrí algo inesperado: no era tan malo dando clases.

Proyectaba tanta seguridad que, afortunadamente, durante todo el curso ningún alumno me hizo una sola pregunta fuera del temario. Si lo hubieran hecho, me habría quedado completamente en blanco. Así fue mi debut como instructor.

La recompensa de un trabajo bien hecho es más trabajo bien hecho

El salón donde daba clases estaba justo al lado de la oficina de la Licenciada Esperanza, la encargada general del área de cómputo. Sin que yo lo supiera, me estuvo escuchando dar clase durante todo el periodo.

En la junta general previa al siguiente ciclo, frente a todos, me felicitó por mi desempeño. (Haciendo un paréntesis y viéndolo en retrospectiva, creo que nunca les agradecí lo suficiente a Claudia y a José Luis por todo lo que me enseñaron; afortunadamente nunca es tarde y en cuanto termine de redactar esto les enviaré un mensaje).

Pero volviendo a la felicitación de la Lic. Esperanza, justo después de elogiarme, aplicó esa máxima que me acompañaría el resto de mi carrera y soltó el bombazo:

-Como veo que dominas muy bien lo de diseño, a partir de ahora tú vas a dar la clase de AutpCAD.

¡¿Qué?!

Así comenzaron ocho años consecutivos (de 2003 a 2011) impartiendo clase de diseño (Corel, Flash, Photoshop), dibujo técnico industrial (AutoCAD 2dy 3D), administración de proyectos (Project), diseño web (Dreamweaver, Fireworks, Photoshop) y, finalmente, la dichosa computación básica que vine a aprender al último (Windows, Word, PowerPoint y Excel).

Esa oportunidad de dar capacitaciones a alumnos universitarios, docentes y personal de empresas del corredor industrial de Altamira se convirtió, con el tiempo, en la puerta de entrada para ofrecer de manera profesional y externa los mismos servicios que empecé enseñando en un aula.

Epílogo

Tuve el privilegio de estudiar para enseñar y la bendición de aprender aún más mientras enseñaba. 23 años después, sigo haciendo lo mismo: aprendiendo lo que me apasiona y compartiéndolo con quien busca aprender.

Cuando creemos que lo sabemos todo, significa que no hemos entendido nada.

Donald Flores


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